viernes, 3 de agosto de 2012

Caminar en Caracas






Vivo en uno de los barrios más viejos de la Ciudad, uno de los tantos que a pesar de estar adyacente a una vía principal, tiene sus calles internas rotas, remendadas a medias o de a pedacitos por sus propios habitantes.

Hasta hace poco me resultaba toda una tortura caminar por la calle que va a mi casa, la pobre remendada por todos lados te hacia bambolear cuando caminabas, a esto debías agregar los carros y sobre todo los motorizados que acostumbran pasar por allí; calle que curiosamente es ciega, digo curiosamente ya que resulta un poco incomprensible que tenga tanto tránsito de vehículos siendo una calle sin salida. Lo anterior no debería ser limitante a la hora de caminar, ya que existen las aceras, solo que el uso común de las mismas está destinado para otros fines, como por ejemplo las conversaciones. La conversación de los panas tomando una cerveza, la de las vecinas poniéndose al día, la de los que parecieran no verse nunca y cuando se cruzan en el camino pasan un buen rato hablando o los que, en conjunto, siempre están reparando sus motos.

Comentaba entonces que hasta hace poco resultaba una tortura caminar por mi calle, hasta que comenzaron a levantar el asfalto de esta con el propósito de repararla, y yo, una ilusa más de las que habita este País, me alegre, en vano por supuesto. Así que resumiendo la condición actual de mi  calle, desde hace mes y medio la están rompiendo y desde hace una semana aproximadamente los trabajos están parados. Mientras, los usos de las aceras se han extendido, ya que a todos los antes mencionados debemos agregar los escombros que descuidadamente han dejado sobre ellas. Sin embargo, como buen venezolano, buscando siempre el punto positivo a las desgracias, debo decir que ya no hay tráfico de carros  en ella y que ha disminuido el tránsito de las motos, las razones sobradamente obvias.

Retomando el tema del uso de las aceras, debo decir que esto se extiende a toda la Ciudad, incluso a las Avenidas de anchas aceras, como la Av. San Martín, Baralt, Francisco Miranda, entre otras.

Esta mañana después de culminar mi primera carrera de obstáculos del día, en la que un motorizado se subió a la acera, mientras yo no tenía por donde caminar, más que la calle rota llena de piedras y la angosta acera; sin embargo él se detuvo y mientras yo le pasaba por un lado se disculpo, cosa que me sorprendió enormemente, pero que sin duda suavizó mi acostumbrada molestia hacia ese tipo de abusos. Entonces una vez superado esto, comienzo a caminar por la Avenida, cuando me topo con la Señora del puesto de teléfonos ocupando la mitad de la acera con su sombrilla de playa, a la vez que conversaba con dos personas que ocupaban la otra mitad junto con dos bolsas negras gigantes llenas de cojines. Irremediablemente tuve que bajarme de la acera y apenas me había subido de nuevo cuando me topo con unos albañiles que, mientras esperaban entrar a la obra, tomaban café en fila ocupando casi toda la acera y quedando un pequeño espacio por donde pasar. Debo confesar que fue muy tentadora la idea de tropezar al que estaba más próximo a la calle para hacerle derramar su café, pero digamos que fue uno de esos tantos malos pensamientos contra los que luchamos a diario, como ese que tengo desde mi adolescencia de poder tener una barita mágica para pegarle con ella en la cabeza a un motorizado o pincharle un caucho al  carro de un conductor abusador.

En fin, ni caminando en el Metro en hora normal te salvas. De esto no hace falta hablar mucho, más bien de esto se sabe y se vive demasiado, sin embargo hay un caso en particular que suele molestarme, el de las parejitas híper enamoradas. Soy completamente consiente de que toda persona tiene derecho a enamorarse y a dar demostraciones de afecto, incluso soy respetuosa del hecho de que el mundo parezca estar detenido cuando se está enamorado, pero esto no significa que literalmente el mundo se detenga, que deje de girar y que en especial que dejemos de caminar.

En una de esas tantas veces que mi caminar se ha visto interrumpido por una pareja de enamorados, ocurrió algo singular y que me hizo pensar que probablemente no soy la única que opine de esa manera. Bajaba por las escaleras mecánicas de una estación cuando me detuve debido a una pareja de enamorados, mientras pensaba, se irá el tren, en esta línea siempre tardan en llegar, cuando de repente una Señora mayor pasa a mi lado y abruptamente dice permiso, a la vez que se mete en el medio de la pareja que en ese instante se besaba. Podrán imaginar mi cara y lo difícil que fue contenerme la risa.

Así que en todo lo que resulta caminar por Caracas, terminas sintiendo que, como peatón, no es tuyo el rayado, es para que los carros se queden parados mientras cambia la luz, no es tuya la luz roja (mucho menos cuando llueve a cantaros), es del atorado que igual que tu quiere llegar a su casa (solo que tu llegaras mojado y él no), no es tuya la acera, es para que los demás se queden atravesados en ella. Entonces un día de repente, te encuentras caminando por el medio de la calle y viendo hacia ambos lados, incluso en la dirección contraría, y cumpliendo en ti el famoso dicho de “como perro en carretera” o “como novia de pueblo” (viendo para los lados).

Queda claro entonces lo traumático que puedo resultar caminar por Caracas, aún así, no sé si por masoquismo o por enfermedad, me puedo contar entre los Caraqueños que disfruta de caminar por esta Ciudad, en especial en esas épocas en casi todos salen de ella.

De mis caminatas, sin duda la favorita es la del centro de Caracas. Para mí es como caminar por nuestra historia, como vivir el contraste de una zona que en un momento puede estar completamente saturada de personas y en otro dar la impresión de un pueblo fantasma.  Es como ver pasar diferente épocas de la Ciudad por tus ojos, para mí algo de lo que hasta el día de hoy disfruto, aún a las 7:00 de la noche, cuando de excusa me empeño en atravesar por varios de esos puntos para llegar a mi hogar.