Vivo en uno de los barrios más viejos de la Ciudad, uno de los tantos que a pesar de estar adyacente a una vía principal, tiene sus calles internas rotas, remendadas a medias o de a pedacitos por sus propios habitantes.
Hasta
hace poco me resultaba toda una tortura caminar por la calle que va a mi casa,
la pobre remendada por todos lados te hacia bambolear cuando caminabas, a esto
debías agregar los carros y sobre todo los motorizados que acostumbran pasar por
allí; calle que curiosamente es ciega, digo curiosamente ya que resulta un poco
incomprensible que tenga tanto tránsito de vehículos siendo una calle sin
salida. Lo anterior no debería ser limitante a la hora de caminar, ya que existen
las aceras, solo que el uso común de las mismas está destinado para otros fines,
como por ejemplo las conversaciones. La conversación de los panas tomando una
cerveza, la de las vecinas poniéndose al día, la de los que parecieran no verse
nunca y cuando se cruzan en el camino pasan un buen rato hablando o los que, en
conjunto, siempre están reparando sus motos.
Comentaba
entonces que hasta hace poco resultaba una tortura caminar por mi calle, hasta
que comenzaron a levantar el asfalto de esta con el propósito de repararla, y
yo, una ilusa más de las que habita este País, me alegre, en vano por supuesto.
Así que resumiendo la condición actual de mi
calle, desde hace mes y medio la están rompiendo y desde hace una semana
aproximadamente los trabajos están parados. Mientras, los usos de las aceras se
han extendido, ya que a todos los antes mencionados debemos agregar los
escombros que descuidadamente han dejado sobre ellas. Sin embargo, como buen venezolano,
buscando siempre el punto positivo a las desgracias, debo decir que ya no hay tráfico
de carros en ella y que ha disminuido el
tránsito de las motos, las razones sobradamente obvias.
Retomando
el tema del uso de las aceras, debo decir que esto se extiende a toda la Ciudad,
incluso a las Avenidas de anchas aceras, como la Av. San Martín, Baralt, Francisco
Miranda, entre otras.
Esta
mañana después de culminar mi primera carrera de obstáculos del día, en la que
un motorizado se subió a la acera, mientras yo no tenía por donde caminar, más
que la calle rota llena de piedras y la angosta acera; sin embargo él se detuvo
y mientras yo le pasaba por un lado se disculpo, cosa que me sorprendió
enormemente, pero que sin duda suavizó mi acostumbrada molestia hacia ese tipo
de abusos. Entonces una vez superado esto, comienzo a caminar por la Avenida,
cuando me topo con la Señora del puesto de teléfonos ocupando la mitad de la
acera con su sombrilla de playa, a la vez que conversaba con dos personas que
ocupaban la otra mitad junto con dos bolsas negras gigantes llenas de cojines.
Irremediablemente tuve que bajarme de la acera y apenas me había subido de
nuevo cuando me topo con unos albañiles que, mientras esperaban entrar a la
obra, tomaban café en fila ocupando casi toda la acera y quedando un pequeño
espacio por donde pasar. Debo confesar que fue muy tentadora la idea de
tropezar al que estaba más próximo a la calle para hacerle derramar su café,
pero digamos que fue uno de esos tantos malos pensamientos contra los que luchamos
a diario, como ese que tengo desde mi adolescencia de poder tener una barita
mágica para pegarle con ella en la cabeza a un motorizado o pincharle un caucho
al carro de un conductor abusador.
En
fin, ni caminando en el Metro en hora normal te salvas. De esto no hace falta
hablar mucho, más bien de esto se sabe y se vive demasiado, sin embargo hay un
caso en particular que suele molestarme, el de las parejitas híper enamoradas.
Soy completamente consiente de que toda persona tiene derecho a enamorarse y a dar
demostraciones de afecto, incluso soy respetuosa del hecho de que el mundo
parezca estar detenido cuando se está enamorado, pero esto no significa que
literalmente el mundo se detenga, que deje de girar y que en especial que
dejemos de caminar.
En
una de esas tantas veces que mi caminar se ha visto interrumpido por una pareja
de enamorados, ocurrió algo singular y que me hizo pensar que probablemente no
soy la única que opine de esa manera. Bajaba por las escaleras mecánicas de
una estación cuando me detuve debido a una pareja de enamorados, mientras
pensaba, se irá el tren, en esta línea siempre tardan en llegar, cuando de
repente una Señora mayor pasa a mi lado y abruptamente dice permiso, a la vez
que se mete en el medio de la pareja que en ese instante se besaba. Podrán
imaginar mi cara y lo difícil que fue contenerme la risa.
Así
que en todo lo que resulta caminar por Caracas, terminas sintiendo que, como
peatón, no es tuyo el rayado, es para que los carros se queden parados mientras
cambia la luz, no es tuya la luz roja (mucho menos cuando llueve a cantaros),
es del atorado que igual que tu quiere llegar a su casa (solo que tu llegaras
mojado y él no), no es tuya la acera, es para que los demás se queden
atravesados en ella. Entonces un día de repente, te encuentras caminando por el
medio de la calle y viendo hacia ambos lados, incluso en la dirección
contraría, y cumpliendo en ti el famoso dicho de “como perro en carretera” o
“como novia de pueblo” (viendo para los lados).
Queda
claro entonces lo traumático que puedo resultar caminar por Caracas, aún así,
no sé si por masoquismo o por enfermedad, me puedo contar entre los Caraqueños
que disfruta de caminar por esta Ciudad, en especial en esas épocas en casi
todos salen de ella.
De
mis caminatas, sin duda la favorita es la del centro de Caracas. Para mí es como
caminar por nuestra historia, como vivir el contraste de una zona que en un
momento puede estar completamente saturada de personas y en otro dar la impresión
de un pueblo fantasma. Es como ver pasar
diferente épocas de la Ciudad por tus ojos, para mí algo de lo que hasta el día
de hoy disfruto, aún a las 7:00 de la noche, cuando de excusa me empeño en
atravesar por varios de esos puntos para llegar a mi hogar.
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