Algunas veces me pregunto si estoy
loca o muy agradecida a Dios por la vida, o tal vez sea que el estar agradecida
por la vida me hace un poco loca.
En el video “Caracas, Ciudad de
despedidas”, uno de los personajes decía: “…cuando voy manejando a las 6:00 de
la mañana por la Cota mil, digo, Caracas sería tan perfecta sin la gente…”
Recordando esas palabras, algunas veces cuando voy por la Cota mil me pregunto
¿Cómo sería Caracas sin carros?, Caracas sin carros sería perfecta.
Afortunadamente no tengo que imaginármelo, es el regalo que nos da cada Domingo
en la mañana esta principal vía de la Ciudad, la Cota Mil.
Para todos hay espacio en la Cota
mil los Domingos. Para las bicicletas, para las patinetas, para la Familia,
para quien quiere correr o para quien quiere simplemente caminar. Para mí, es
el único lugar de la Ciudad en el que puedes correr con los ojos cerrados (y si
gustas con los brazos abiertos), sin temor a estrellarte contra algo o contra
alguien, sintiendo la brisa en tu rostro (y en tus brazos, si te decidiste a
abrirlos) y sentir por un momento, como es un poco el volar.
Cuando no voy a la montaña, definitivamente
se me hace difícil quedarme en casa y aunque me cuesta mucho salir, una vez que
estoy en la calle caminando me cuesta mucho volver. Disfrutar de esta Ciudad,
no se limita a un espacio, a un lugar, se limita a nosotros, a nuestros
sentidos y a nuestra actitud ante la vida.
Después de mi pequeño esfuerzo en
la Cota mil, decidí bajar caminando por la Av. Baralt. Por alguna razón me sentía
feliz, aunque caminaba por el medio de un mercadito que suelen montar los
Domingos en ese sector. En definitiva el ejercicio me ayudo a drenar.
Algo que siempre me provoca
después de correr es un jugo de naranja. Para mi sorpresa una Señora se
encontraba en el mercado vendiendo jugo de naranja, así que me detuve de inmediato
y le pedí uno natural. No tarde en arrepentirme, cuando vi que disimuladamente escondió
un cigarrillo. Pensé, por lo menos el jugo es puro y no tiene que colocarle
agua.
Continúe bajando contenta por la
Av. Baralt (esto no parece tener coherencia ¿Contenta por la Av. Baralt?). En
el camino me cruce con un individuo que llevaba una de esas pashminas que se suelen
usar en señal de apoyo a Palestina, así que por un momento vinieron a mi mente algunas
de las tristes e impresionantes imágenes que se están propagando en la web. La
siguiente imagen con la que me tope fue con la fotografía de Miguel Cabrera en
los periódicos del Kiosco y continúe caminando, hasta que me encontré con unos
obreros y una Señora con un carrito de mercado, obstaculizando el paso, en la
ya congestionada acera. Una vez que logre pasar hacia la Esquina de Salas, intentaba
recuperar el nivel de paz adquirido en la Cota Mil, cuando de repente un Señor
evoco con voz fuerte a la progenitora de algún desconocido, al no lograr pasar
la calle. Esto sin duda me causo sobresalto.
En ese punto ya eran muchas las
ideas que traía en la cabeza, por lo que decidí sentarme en la Plaza del Banco
Central y tomar nota de ellas. Ya era medio día y en la Plaza se desarrollaba
una obra infantil ¿Por qué no observar un rato, mientras aprovecho de
descansar? Me resulto bastante entretenido y me lo disfrute como si fuera otro
de los pequeños allí presentes. La obra trataba de unas hormigas y había una
hormiga que cantaba una y otra vez la misma canción. La canción contaba de un
País donde todos eran iguales y nadie pasaba hambre. Al final de la obra unos
querían irse al País donde todos eran iguales y nadie pasaba hambre, pero
decidieron quedarse en su jardín y convertirlo en un lugar donde todos fueran
iguales y nadie pasara hambre. Y a qué
no saben, terminaron cantando otra vez la canción, mientras yo pensaba, la
escucho una vez más y lloro. Cada vez que cantaban la canción, pensaba, yo
también quiero irme al País donde todos somos iguales y nadie pasa hambre. Eso
es lo que ocurre cuando un adulto termina viendo una obra infantil.
En la Plaza del Banco Central hacen con
regularidad actividades, algunas como
esta dirigidas a los niños, sin duda una excelente opción para un Domingo.
De allí salí a buscar mi chocolate
frio en Café Venezuela. Qué les puedo decir, después que lo probé la primera
vez, no hago más que inventarme excusas para pasar por allí y tomarme uno.
Lamentablemente, no sé si por ser Domingo o por la hora, solo estaba abierto el
Café como tal, de la Esquina de Gradillas. Así que como dije, no hago más que
inventarme excusas para ir detrás de mi Chocolate, partí al Parque El Calvario.
No había avanzado mucho cuando
note que la Asamblea Nacional estaba abierta y me acerque. Recuerdo que hace
muchos años permitían el acceso al lugar, pero nunca llegue a entrar, así que
no desaproveche la oportunidad.
Al salir de la Asamblea me vi
obligada (léase obligada), a hacer una
parada (es decir otra más), ya que recordé que justo al frente están los Chinos
que cuenta mi papa tienen muchos años allí, con la singularidad de tener ya los
jugos servidos y exhibidos en la nevera, en una buena variedad. Uno de mango
por favor. Uno de guanábana. Al fin partí.
Mientras esperaba para cruzar en
la Esquina de Padre Sierra, los carros no paraban de pasar y en ese punto no
hay semáforo. Recordé que mi Jefe la semana pasada prácticamente se le tiro a
los carros en La Trinidad. Cuando le reclame, me explico que era un paso
peatonal y que lo podíamos hacer. Me quede sorprendida al ver como los carros
se detenían, bueno más bien como los choferes detenían sus carros. Así que
teniendo eso en cuenta, lo intente. No queda duda que el Centro de Caracas no
es La Trinidad. Casi me atropella un carro. No lo vuelvo a intentar.
Puedo ir mil veces al calvario y
siempre termino tomando alguna fotografía. En esta ocasión intente tomarme unas
fotos en la parte central del parque, donde está la estatua, en unas de las
escaleras, pero específicamente sentada en los laterales. Se suponía tomaría
unas en la parte superior y para cerrar otras deslizándome como en un tobogán.
Cuando me disponía a tomar las segundas, llego un Guardia y amablemente me
indico que no podía sentarme allí. Pensé, seguro que a un niño de cinco años si
se lo permiten, pero a mí no, luego como uno saca el niño que lleva por dentro.
Como notaran tenía el infantil alborotado hoy.
¿Y el chocolate? Sí, ya lo había
olvidado. En ese punto ya me había tomado mi chocolate, acompañado de unos
tequeños. Es que la excusa perfecta para comerse unos tequeños sin tener que freírlos
tú, es ir al Café Venezuela del Calvario a tomarse un Chocolate.
Inicio mi retorno. Ya el recorrido
del día llega casi a su final y saliendo del Calvario aprovecho para acercarme
al puente que va hacia Pagüita a tomarle unas fotografías. Me gusta mucho este
puente, así que desde hace tiempo quería aprovechar.
Ahora sí, para cerrar el Tours La
Plaza Oleari. Paso con frecuencia por esta Plaza, pero nunca con el tiempo, ni
la intención de fotografiarla. Pude notar muchos detalles en ella. Las
esculturas de las fuentes. Como vistas las dos fuentes, desde cierto punto, se
contraponen. Lo que más me encanto, fue el contraste con los bloques del
Silencio a medida que vas observando desde los diferentes puntos de la Plaza.
Decía al inicio que me cuesta salir
de casa, pero que una vez que salgo de ella me cuesta regresar. Salí a las 9:30
am y termine regresando a las 3:30 pm aproximadamente. Todo un Tours por solo
un sector de Caracas.
Como ya dije, disfrutar de esta
Ciudad, no se limita a un espacio o a un lugar, se limita a nosotros, a nuestros
sentidos y a nuestra actitud ante la vida.
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